lunes, 29 de noviembre de 2010

RELACION DE LA TIERRA CON EL HOMBRE:

 la relación con la tierra constituye un vínculo fundamental, que en el caso de los seres humanos adquiere una dimensión trascendente, casi espiritual. Aunque bien es cierto, la mayoría de nosotros, los seres humanos no somos muy concientes de dicha relación. No obstante, la realidad es que somos seres que emergimos de la tierra, y en un proceso largo y complejo nos hemos ido elevando hacía las estrellas en búsqueda de lo infinito y trascendente y hemos logrado intuir lo divino.

El hombre, lejos de ser un ángel caído, es un ser en ascenso. En este sentido, vemos como la ciencia y las religiones nos integran de manera definitiva, en especial las más antiguas a una relación de nuestro ser con una realidad inmanente. Es así como, los primitivos reconocieron a la tierra como un todo vivo, una fuerza envolvente que todo lo cubría, que todo lo abarcaba. El hombre se reconoció así mismo en una relación íntima con la tierra. En algunas de esas culturas antiguas, esa relación vital adquirió el carácter de un vínculo madre –hijo, emergiendo la conciencia de la madre Tierra, GAIA. Hoy, desde una perspectiva científica, la hipótesis GAIA es cada vez más plausible. Entender la vida en la tierra como el resultado de
una interrelación sistémica entre todos los componentes nos lleva a comprendernos como parte de un todo en el universo.

De otra parte, para quienes poseemos un rasgo más citadino, es decir somos más urbanos, redescubrir o tomar conciencia de la tierra genera un impacto profundo. En este sentido, vale la pena señalar una de las experiencias, que en la mayoría de las personas, genera un impacto que deja profunda huella en la mente de manera indeleble y este es el primer encuentro con el mar. En mi caso fue así. Percibir en la infancia la sensación de inmensidad, generó en mi asombro y respeto además del anhelo de comprender mi verdadero lugar en el cosmos. En este sentido, se puede señalar que en el hombre hay tendencias profundas que nos unen a la tierra. Sensaciones similares de integración al todo son comunes al entrar en contacto con las montañas, con el misterio de la noche en el campo o la belleza que hay en un día soleado en medio de las tonalidades de azul que vemos en el firmamento, o incluso en las tardes lluviosas y frías. Esas experiencias, de cierto modo espirituales, dejan claro que hay un destino común, y que detrás de todas las formas, se evidencia una unidad en el universo.

Ahora bien, tomar conciencia de la tierra y del vínculo que nos une a ella, demanda de cada ser humano, una mayor responsabilidad en lo que respecta al cuidado de nuestra tierra. Bien sabemos, que aunque todos parecemos tener claro la importancia del cuidado y preservación del medio ambiente, en la práctica siguen prevaleciendo los criterios inmediatistas de ganancia. Nuestra ciudad, Pereira, la ciudad que habito, no es ajena a esa tendencia y a su vez ha ido adquiriendo sus propios rasgos. El deterioro del ambiente natural urbano es evidente. Hay poco o casi nulo sentido de responsabilidad con el cuidado de los parques y en general de las áreas verdes, además del manejo irresponsable de las basuras, no sólo por el deterioro ambiental, sino también por sus implicaciones en la convivencia. Unido a lo anterior, la tendencia privatizadora de los recursos sin que la mayor parte de las personas tengan cuenta de sus implicaciones, es evidencia de esa ruptura entre el hombre y su medio natural. Entonces, esa realidad de estar integrados en un destino común, es más algo que la mayoría de las personas en la ciudad la sienten lejana.

Para concluir, de manera provisional, pues siempre es importante regresar al tema en mención, resulta fundamental encontrar otra manera de relacionarnos con la tierra, desde nuestros espacios inmediatos supone en lo fundamental dos cosas. En primer lugar, romper el esquema ético y moral de vida basada en la supervivencia del más fuerte y reemplazarlo por un modelo basado en la cooperación y en la solidaridad, solamente en ese momento “mi tierra” no será una manera de expresar posesión, sino un vínculo afectivo, un sentimiento que nos integra en un destino común. En segundo lugar, redescubrir la tierra, reencontrar el placer de lo sencillo y profundo, el encuentro con quienes nos rodean y todos los seres del mundo en su conjunto. Abrir, en otras palabras, un espacio al asombro y a la vida. Es comprender cada vez más, el ser en sus múltiples manifestaciones.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada